Los límites de la
mente humana no permiten dimensionar la plenitud de Dios. Esto se debe a que
los pensamientos de Dios escapan del alcance terrenal, según afirma el profeta
Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos
mis caminos, dijo Jehová”[1].
Dicho de otra manera, el hombre nunca podrá correr a la velocidad de Dios.
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